Sydney Pollack, el adiós de un grande

Fue uno de mis directores preferidos durante largo tiempo y veía sus películas con la misma pasión que en casa seguía los capítulos de Los defensores o El fugitivo, muchos de los cuales dirigía.

Los tres días del Cóndor, con Robert Redford y la bellísima Faye Dunaway colmaba mis ansias visuales; así como Un instante, una vida, con Al Pacino y Marthe Keller. Historias siempre potentes, desgarradoras. Como la de Paul Newman y Sally Field en Ausencia de Malicia, o la de Redford con Barbra Streissan y sus canciones en Nuestros años felices. Y aunque ganó el Oscar con Africa mía y con la inolvidable música de John Barry, no deja de ser la más brillante para mi aquel Baile de ilusiones, con Jane Fonda y Michael Sarrazin, que vi años más tarde. Y que luego se hicieron otros remakes, y hasta versiones en teatro.

Inolvidable el cine de Pollack. Su pulcritud. Su esencia. Su cuidado. Era sinónimo de buen cine a la segura, tal como las obras de Lumet o Frankenheimer, sus compañeros de generación.

Sydney Pollack en Cannes

La crítica de cine le dedicó muchos reportajes. Y aparecía en Cahiers du Cinema, Cinematographe o Premiere tras cada estreno. Si bien su última película con Nicole Kidman y Sean Penn se alejó del nivel que profesaba, mantuvo su mirada crítica al gobierno estadounidense y sus instituciones.

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